lunes, 21 de diciembre de 2015

Antónimo de apatía pero similar a la misma


Hablando de putas, recuerdo aquella calle nocturna. La había oído infinidad de veces, en muletillas y referencias. La identifique de inmediato sin conocerla, sin poder ubicar anteriormente mi presencia en ella. La experiencia se unió a las sensaciones del paseo nocturno, había algo de melancolía en mi, y todos mis sentimientos se hicieron a un lado cuando las ventanas y puertas abiertas de aquellas casas derruidas exhalaban una sexualidad contaminada, impura, enfermiza. Luz siniestra, de colores vivos de rápidas cortinas. Las imágenes trasmitían otros sentidos, flujo vaginal en el fondo de mi garganta, látex usado dentro de mi nariz, un tacto pegajoso en las palmas de mis manos. Nada de eso era físicamente real, pero fue tan real como aquellas pasadas ocasiones, tan autentico como mi cerebro lo quiso plasmar. Lo que fue amor era un asco atroz.

Hablando de putas con mi mente, recordé aquella escena de un pasado al cual no me podía aferrar con certeza. Pensé en aquellas mujeres que me habían hecho daño en tantas ocasiones, de maneras tan distintas y personales. Había dolor en todo eso. Había un dolor ajeno imposible de modificar, las realidades, un dolor personal de la impotencia de no ser capaz. Lloraría en los pechos desnudos de cualquiera de ellas con la misma incapacidad de cambiar.
Al bajar del trasporte publico, lo anterior a lo anterior se hizo relato en mi andar. Iba caminando creando un monologo precioso que solo surge en aquellos momentos tan concretos. De esos que no se pueden volver a reproducir, y aunque el resultado posterior sea bueno, queda el recuerdo roto de lo que podría haber sido (ojala me comprara de una vez la grabadora).

No era una calle de prostitución, eran calles de viviendas viejas pero bien cuidadas. Recordaban a la ciudad en la que por primera vez nací. Una ciudad con una arquitectura antigua pero bien definida.
Fachadas de rejas pequeñas y fácilmente franqueables, rosales en el zaguán, un poco de césped, ventanas abiertas y quizás alguna persona mayor sentada o asomándose. Los arboles frondosos y altos rompen las ya descoloridas baldosas de las aceras. Los paseos por esos espacios tienen algo especial, algún algo de la idiosincrasia genética, más bien cultural, pero sin tanta vivencia por mi parte. Algo ambiguo, especial, sin nada en particular.
Al adentrarme más en la zona comercial, los pensamientos se esfumaron con una lentitud apresurada. A pesar de todo, seguía sintiéndome mal, de pronto mi pecho se ahogo, pero sin la forma física ni efecto. Seguí, caminando normal, experimentaba las cosas en un segundo plano al que mi cuerpo no poda llegar. Quise llorar, pero me era imposible manifestar mayor apatía. Sentía que nada me podía dañar, que el dolor era tan grande que había agotado las posibilidades de manifestarse con la magnitud que necesitaba desahogar. Podría romperme en aquella calle, desplomarme ante los peatones que iban y venían, pudrirme ante las miradas bajas. No seria lo suficientemente patético para la ocasión. La muerte silenciosa que necesitaba no se produciría, por lo tanto seguí, desinteresado totalmente de mi y de lo acontecido la noche anterior. Las dudas ante cuestiones que no tendrían porque afectarme, ya no se debatían.

Iba a sufrir mucho por aquella persona, tanto y más como lo hice durante aquellos dos años que pronto se harían tres. No podía alejarme de ella, pero podía alejarme de mi, al menos eso pensé. No se que hacer, apenas me importa, pero es tan solo otras de sus mentiras que hago mías. Unas mentiras contagiosas para ocultar la realidad de sentimientos hermosos que no se quieren expresar. Estoy solo, tan solo como me siento estar, puedo abandonarla y no mirar para atrás, pero entonces seriamos dos iguales, y el héroe soy yo. La única persona capaz de entender el significado y aplicarlo. De todas formas ya estoy hundido en la mierda... no estoy llorando, solo decepcionado.